miércoles, 14 de diciembre de 2011

PEOPLE

"People, people who need people", cantaba Barbra Streisand en sus años dorados. "Gente, gente que necesita de otra gente".
Gente que se apelmaza en el centro de la ciudad fusionándose en la abstracción de pertenecerse a si misma y a otra gente, codo con codo, paso a paso, a la luz de las fuentes y de si misma, a la luz de la ornamentación navideña que también necesita de otras luces para pestañear a la caída de la tarde 
Los niños se sientan sobre las nucas; las cámaras, cómplices de la colmena humana, extienden velos sobre el objetivo. La gente se abre paso entre la crisis, hace oídos sordos a las voces de Bruselas, las voces que cantan el villancico laico del euro, moneda que, por unos días, fingiremos creer que alguien la ha sumergido en chocolate para sorprendernos la noche de Reyes.
Gente, gente que necesita de otra gente para avanzar a tientas entre la hipnosis colectiva: las luces, ausentes de sus brillos, se mimetizan en nuestros ojos mientras los pies patinan sobre las pistas accidentadas del euro.
En la Bolsa, en Bruselas, la efigie del euro es una mueca amarga que se repite en los paneles que lo cotizan.
Gente, gente. Lo humano es la divisa que compartimos toda la gente.

jueves, 24 de noviembre de 2011

EN EDAD DE MERECER

Con gran sorpresa y regocijo semántico, hoy hemos escuchado en alguna parte una alusión a la edad de merecer.
Casi habíamos olvidado la expresión.
A mediados del siglo XX había una franja de edad en la que se consideraba que la mujer estaba en edad de merecer. Se oía, y también se escuchaba esa frase aplicada a las "pollitas" de entre doce y quince años, que era la fase previa a la edad del merecimiento.
Imaginamos que ese merecimiento se refería al reconocimiento social de nuestra valía por parte del varón, quien para no errar en la elección, debía buscar y aguzar el ingenio para elegir a la mejor chica entre las candidatas que engrosaban las filas de la edad del merecimiento.
De modo que la mujer había que aplicarse en merecer el mejor partido a la edad de merecer.
Suponemos que la edad de merecer no podía prolongarse mucho tiempo, so pena de no virar hacia la edad de suspender.
Lo cierto es que muchas mujeres del siglo pasado, las que lucharon contra viento, marea y marejadilla, para sacar a su familia adelante, han merecido el cielo a la edad de envejecer.

domingo, 20 de noviembre de 2011

DINASTÍAS ORIENTALES

Hemos visto, ahora que todo está preparado en la ciudad para el alumbrado de las luces navideñas, el trono que ocupaba el rey  perteneciente a una dinastía oriental que se hacía visible en los primeros días de enero. Venía, decían los mayores, de un sitio tan lejano que apenas podía ubicarse en el mapa. 
Corrían malos tiempos para la monarquía, pero el rey blanco de oriente tenía su trono asegurado en una calle tan transitada hoy día que preferimos silenciar su nombre, no sea que aumentemos el interés turístico y nos roben un rincón que se conserva intacto.
Revelaríamos el secreto si supiéramos que existe un heredero dispuesto a aceptar un trono de pocos días de esplendor, mas ello no es viable en los tiempos que corren. Las dinastías se nutren de siglos de tradición, así que el nieto o bisnieto del rey blanco de oriente no viajaría a nuestra ciudad sólo por apagar nostalgias.
A día de hoy nadie adivinaría que en nuestra acera secreta un nutrido grupo de niños se concentraba invadiendo la calzada para seguir las reacciones sugeridas por la mímica del rey que, rodeado de cartas que le cubrían las rodillas y los pies, utilizaba las manos y la cabeza para expresar la reacción que le suscitaba la lectura de las mismas. A veces movía la cabeza en señal de aprobación ante lo que parecía ser una carta prudente en cuanto a las aspiraciones; otras, sacudía la muñeca como dando a entender que una avalancha de solicitudes alteraba su presupuesto; otras, rebanaba el aire con la mano como si expresara que el comportamiento del niño no merecía tamaña recompensa.
Desde la acera observábamos la mímica blanca del rey ensortijado, tratando de adivinar el momento en que nuestra carta fuera la elegida. Nunca lo supimos a ciencia cierta, claro, pero cuando le visitábamos acompañados por nuestros queridos ancianos, los más intuitivos, esperábamos el momento en que el rey nos identificase: el rey estaba dotado de poderes ultrasensoriales. Y a fe que ello ocurría. En un momento determinado detectaba nuestra mirada, asentía con un gesto, pues seguro se trataba de la lectura de nuestra misiva, y en ella, quizás por la armoniosa caligrafía, adivinaba lo bien que nos habíamos portado durante todo el año. Seguíamos el itinerario del papel rayado que caía encima de una manta tendida sobre las rodillas reales, pero confiábamos en que el rey, asistido por sus pajes, rescataría la carta el día 5 de enero.
La verdad es que siempre faltaba algún regalo, los mayores nos advertían del riesgo de extravío que entrañaba aquella noche tan ajetreada. Tierna coartada para no decepcionarnos.
Los camellos no ensuciaban el balcón, bebían el agua  depositada en los tazones, siendo sigilosos en su escalada. Los reyes magos apuraban la copa de cognac dispuesta la noche anterior para aliviarles el esfuerzo llevado a cabo. Dejaban en la copa un pequeño residuo en el que encontrábamos restos de su aliento.
Ninguna mañana ha sido tan feliz como la del Día de Reyes. Levantarse significaba ir al encuentro de regalos,  envoltorios crujientes, ruídos, misterios, formas ocultas  insinuadas bajo el papel.
Ya muy adultos, le hemos dado impulso al globo terráqueo de Google Earth con un ratón asustadizo que se ha dejado caer en los territorios de oriente por los que el transeúnte virtual no puede pasear, y nos hemos preguntado en qué cementerio estará enterrada aquella realidad que luego supimos era una fantasía. O aquella fantasía que fue, es y será realidad mientras vivamos.

jueves, 3 de noviembre de 2011

VERNISSAGE EN LA FARMACIA

A las puertas de una farmacia centenaria, hemos visto un tumulto de gente -vaso en mano- celebrando la reinauguración del establecimiento según los cánones que se adaptan mejor a los usuarios del sigloXXI: mostradores independientes que invitan a la consulta privada, iluminación potente, productos parafarmacéuticos en primera línea, pues la parafarmacia es la antesala de la cirugía estética.
De lejos, y sorteando a los transeúntes que se detenían atraídos por la festividad del acto, se apreciaba un vuelo de canapés acompañados de alguna bebida imposible de descifrar; la opacidad del vaso impedía adivinar si la bebida era burbujeante/estimulante o ansiolítica. Es fácil suponer que pese a estar rodeados de genéricos y otros brebajes, los celebrantes optaran por algún euforizante proveniente de la uva. El campo es sabio, su muestrario ofrece frutas y hortalizas además de una serie de hierbas a las que recurrir en caso de que la tristeza crezca más deprisa que el césped. Los laboratorios saben cómo transformar las propiedades naturales en sustancias químicas que se asemejan a las que el cuerpo genera, con la salvedad de que potencian la producción deficitaria.
El farmacéutico del siglo pasado disponía de un mostrador donde los clientes/pacientes, en su mayoría exentos de receta médica, solicitaban soluciones para sus males reales o imaginarios.
En los extremos del mostrador, los clientes tímidos se refugiaban para susurrar síntomas secretos; intentaban pasar desapercibidos, pero no lo conseguían: los clientes más próximos aguzaban el oído en cuanto alguien se revestía de un aire misterioso para dirigirse al farmacéutico bisbiseando la consulta. Tan avezado estaba el farmacéutico en intuir la naturaleza de la consulta, que sus manos se deslizaban hacia  el cajón cómplice.
El farmacéutico oficiaba en la rebotica sellada por una cortina, un oficio que bebía de las fuentes de la magia y la ciencia. Cuando nos acercábamos a la rebotica, flotaba un olor indescriptible, mezcla de pócimas y vahos que exhalaba la olla que hervía jeringas de cristal que llevaban clavado el mapa epidérmico del vecindario.
En los armarios vivían sin fecha de caducidad -como en todo-, medicamentos que gozaban de su exclusividad. Apenas los genéricos competían con ellos.
En el siglo XXI, la farmacia sueña su exclusiva en el vernissage de la apertura, remedo de las salas de arte cuyo artista, al inaugurar la exposición, reune a una reducida élite alrededor de su obra. La diferencia radica en que la obra que nos ocupa no es pictórica, es una obra social cuya bandera, la receta electrónica, ondea clamando una medicación en la que disolver la crisis que atenaza al sector.
Mientras no llegue el desplome, las farmacias seguirán siendo las ermitas de los barrios; en ellas se traducen y concretan las esperanzas depositadas en las recetas que nos extiende el médico. El farmacéutico extrae del armario el objeto de deseo para nuestra salud; una vez aposentados en nuestro hogar, examinamos la textura del comprimido, leemos el prospecto, dudamos un instante según las advertencias de los efectos secundarios, y sin demora llenamos un vaso de agua para tragarnos una dosis de esperanza.

martes, 11 de octubre de 2011

LA MANO QUE MECE LA MEJILLA DE WOODY

Será tal vez porque ella, nuestra Penélope Cruz, le ha definido a la perfección: "Woody Allen es el poeta de la ironía".
Será como resultado de esa lucidez por lo que Penélope se atreve a tender su mano para acariciar la mejilla de Woody como si quisiera calmarle algún desasosiego, o como si quisiera borrar las huellas que dejaron las musas de otra generación, tan lejanas que habría que buscarlas en los lugares más recónditos de Central Park.
Woody se inclina hacia una musa espiritual, quizás por no haber resuelto la angustia de la mortalidad.  Penélope posee una espiritualidad poscastiza que ha atrapado al director impidiéndole renunciar al hallazgo de esta mujer opuesta física y lingüísticamente a sus antecesoras.
La foto enmarca la actitud de la actriz ante el mito de carne y hueso. Parece aplicarle un ungüento para hacerle olvidar las heroínas de otros tiempos, aquellas que vestidas con corbata, chaleco y sombrero se bebían Manhattan desde el puente de Brooklyn.
Annie Hall, que está en los cielos o patinando sus huesos por las calles, las galerías de arte o los restaurantes chic de Nueva York, fue la musa del Oscar a la mejor película cuando todavía se pronunciaba la frase "And the winner is..."
Ahora dicen los artífices de la alfombra roja: "And the Oscar goes to..."
Han pasado actores, actrices, fetiches, focos, cámaras y filtros, se han muerto tantas facciones que sólo queda una española ofreciendo su robustez emocional a ese director que a lo largo de muchas décadas ha llamado una vez al año a las pantallas de nuestros cines, con su film a cuestas, intentando analizar los misterios de las relaciones hombre/mujer, sin haber encontrado la fórmula del éxito; si acaso, la convicción de que no existen parámetros fiables para estudiarla. 
Quizás porque ella sabe que los nudillos del director  son frágiles al cierre de la claqueta, es por lo que le acaricia sanándole la tristeza como si también quisiera, al mismo tiempo, apagar las dudas existenciales que no han cesado de obsesionarle a lo largo de toda su brillante carrera.

lunes, 10 de octubre de 2011

SOCIOLOGÍA DEL TECLADO (II)

Por aquel entonces -años cincuenta-, la única tecla al alcance del hombre era la más temida: el botón custodiado en una caja blindada con muchas capas de acero, que dos dedos emplazados en distintos continentes podían pulsar simultáneamente.
Las trescientas pulsaciones por minuto, a las que aludíamos en nuestro anterior post, constituían un atrezzo empresarial de carácter estético.
Ahora que se han sumado más dedos a ese teclado globalizado, la tecla o botón más temido parece que se aleja sobre una constelación de miedos alojados en el teclado Qwerty. Y sobre el Qwerty, aun sin saber si las teclas seguirán alineadas en el mismo sitio, se han volcado los dedos masculinos desde la informatización de las empresas, que tuvo lugar, masivamente, a partir de finales de la década de los ochenta.
A mediados del siglo pasado, los hombres no se acercaban al teclado, elemento considerado eminentemente femenino; de ellos se esperaba la capacidad para dictar cartas cuyas notas tomaba la secretaria mediante la taquigrafía, pues a la secretaria no se le presuponía la habilidad de redactar, sino de transcribir y traducir hábilmente el mensaje del jefe.
Si acaso, una muy diplomática insinuación para mejorar el texto, era aceptada.
Gradualmente, la informática, con un teclado incorporado que, por arte de magia, borraba los errores sin dejar rastro, irrumpió en nuestras vidas mostrándonos el poder de almacenar datos que se desvelaban con un simple roce.
El teclado se perfilaba, además, como una destreza para abrir en cada cerradura la puerta de los secretos. El hombre no podía permanecer al margen del proceso que implicaba mucho más que el aprendizaje de su manejo. La mujer, desde su destreza manual, se hallaba más familiarizada con la apariencia robótica del gigante que avanzaba.  
Ese fue el motor que atrajo a los hombres: la información que encerraba el ordenador, su pantalla y sus ríos Software y Hardware.
La señorita de los años cincuenta que envejecía encorvada sobre el teclado intentando conciliar la vida laboral con la profesional, cobraba, de repente, una dimensión insospechada. Su arte-sanía podía auparla al podio del poder, por lo que rápidamente, el teclado se transformó en objeto unisex.
Los hombres lo incorporaron a su despacho, las mujeres conquistaron más cuota de poder. Ambos sexos tecleaban. Ya no se exigía velocidad, la flexibilidad del teclado multiplicaba las pulsaciones por minuto con solo frotar la yema del dedo, así que desapareció la prueba de la velocidad, y por qué no decirlo, el prestigio que otorgaba arrancarle al teclado su alma de piano.
Han desaparecido las partituras, lo que ahora se escribe es un improvisado jazz a cuatro manos: las femeninas y las masculinas. Y a golpe de mouse, aportamos la percusión.